Cuando estaba en el colegio, tenía bastante claro que quería estudiar alguna ciencia ligada a las ciencias humanas. Mi primera opción era filosofía pero terminé decantándome por la psicología pensando en mi futuro laboral (que ingenua). Pensé que estudiar psicología me permitiría comprender mejor a las personas, sus experiencias y las circunstancias que atraviesan su vida, siempre he sentido mucha curiosidad por estos temas. Me interesaba comprender por qué sufrimos, cómo construimos nuestra subjetividad y cómo nos relacionamos con el mundo.
Sin embargo, mi experiencia estudiando esta disciplina terminó, por no decir más, bastante decepcionante.
No fue solamente una decepción con determinados contenidos teóricos o modelos de intervención. También tuvo que ver con las relaciones que construí durante mi formación, con las jerarquías institucionales y, especialmente, con la dificultad que encontré para cuestionar ciertas prácticas sin que mis cuestionamientos terminaran convirtiéndose en un problema personal.
Siempre me he considerado hasta el día de hoy, como una estudiante tranquila, callada y tímida. No era particularmente confrontacional y en muchas ocasiones prefería guardar silencio frente a lo que consideraba como injusticias. Sin embargo, me parece importante aclarar que mi silencio no significaba que yo estuviera de acuerdo con todo lo que ocurría a mi alrededor.
Durante mi formación comencé a identificar contradicciones que me incomodaban. Algunas prácticas profesionales me parecian cuestionables y las respuestas a mis inquietudes me resultaban insuficientes para explicar problemas que tenían dimensiones sociales, económicas e institucionales.
Pero algo que me llamó la atención fue que en ocasiones, el foco dejaba de estar en aquello que cuestiona y pasaba a estar en mi: por qué pensaba de esa manera, por qué me molestaban determinadas cosas o qué características personales podrían explicar mis reacciones.
Era curioso. Podría plantear una crítica y terminar sintiendo que debía justificar mi propia capacidad para formularla. Esta misma experiencia la tuve las no pocas veces que acudí a terapia.
También experimenté algo parecido en las relaciones con figuras de autoridad. Cuando tuve problemas con una profesora y expresé cuánto estaba sufriendo, recibí consejos orientados a mejorar mi relación con ella, a acercarme más o a conseguir que tuviera una mejor disposición hacia mí. Como si la responsabilidad de enmendar esa relación recayera solamente en mí.
Pero yo no quería caerle bien para recibir respeto. No consideraba que la simpatía personal debiera ser una condición para recibir un trato profesional adecuado.
Cuando finalmente denuncié lo ocurrido, tampoco sentí que mi bienestar fuera una preocupación central. En realidad, mi denuncia fue completamente invisibilizada.
También me decepcionó observar ciertas dinámicas entre estudiantes. La búsqueda de aprobación de los supervisores, la reproducción de discursos que en conversaciones privadas habían sido cuestionados y la dificultad para sostener determinadas críticas frente a figuras de autoridad.
Me pregunté cuántas veces confundimos el reconocimiento institucional con el criterio profesional y cuántas veces aprendemos a reproducir aquello que sabemos que será aprobado.
Con el tiempo, estas experiencias comenzaron a conectarse con cuestionamientos más amplios sobre la propia disciplina.
Me interesó especialmente la tendencia a individualizar y psicologizar problemas que tienen causas sociales. La facilidad con la que el sufrimiento puede transformarse en un problema de autoestima, resiliencia, regulación emocional o habilidades interpersonales, incluso cuando las condiciones que lo producen permanecen intactas.
¿Por qué tantas veces enseñamos a las personas a adaptarse a situaciones que también deberíamos cuestionar? ¿Por qué parece más sencillo trabajar sobre la capacidad de una persona para tolerar determinadas condiciones que examinar las condiciones mismas? Me preguntaba mientras escuchaba a mis pacientes en la consulta.
No creo que las herramientas individuales carezcan de valor. Tampoco pienso que toda intervención psicológica sea necesariamente perjudicial. Mi cuestionamiento tiene que ver con los límites de una disciplina que, en ocasiones, parece olvidar que las personas no existen separadas de sus circunstancias materiales, sociales e históricas.
Y quizás una de las experiencias más contradictorias de mi formación fue sentir que podía cuestionar estas cosas en teoría, pero que hacerlo en determinados espacios profesionales tenía consecuencias sobre la manera en que yo misma era interpretada.
Hoy no tengo interés en defender la psicología por el simple hecho de haberla estudiado. Tampoco considero que un título profesional convierta a alguien en una persona especialmente empática, crítica o consciente de las relaciones de poder. El conocimiento no nos vuelve inmunes a reproducir aquello que estudiamos.
Sigo interesada en comprender la subjetividad, el sufrimiento y las relaciones humanas. Pero también me interesa preguntar por las instituciones, las desigualdades y las estructuras que participan en la producción de nuestras experiencias.
Quizás mi mayor decepción no fue descubrir que la psicología tiene contradicciones. Fue descubrir lo difícil que podía resultar señalarlas desde dentro.
Y, aun así, prefiero seguir cuestionándolas.
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